100

Él era tal vez, un eco de disconformidad. Alguien sincero, en cuyas palabras, podía confiar. Pude verme reflejada en cada frase que escribía.
Él estaba ahi, en esa oscura habitación, mirandome con ojos vidriosos, con una mezcla de incertidumbre y encanto propio de un caballero como él. Yacía allí, parado, inmóvil. Vestido de siglo dieciseis, con su saco, y un pañuelo sobre la camisa, me recordaba tantas cosas. Lo sentía cercano, casi familiar. Pero con otro tipo de afecto, algo tan extraño, que tal vez con palabras no podría explicar.
Él era John Donne, de gran presencia, con una mirada explosiva, que denotaba una particular personalidad. Me seguía mirando, y yo, buscando las palabras más apropiadas, me acerqué mirandolo, pero sin ver. Había algo, algo extraño que me atraía hacia él, como un imán. Ss, sos mi escritor, favorito, tartamudeé, de veverdad te digo, no es adulación lo mío. Me miró tan duramente, que me creí condenada a muerte por mi comentario. No sonrío ni hizo mueca alguna, simplemente se dispuso a espetarme de pies a cabeza. Me sentí como sapo de otro pozo, de algún pozo en el cual no era bienvenida. Sentate, me dijo. Como niño en dirección, me senté esperando alguna sentencia, algo, una palabra, dos, una frase.
Que yo he estado casado con tu madre, y que ahora no hay nada que me una a ella, excepto tú. Hoy a la noche cenaremos todos juntos, tu y tus hermanas, y un par de individuos de la Isla.
Esta bién, solo pude decir.
La Isla era pequeña, poblada por turistas empedernidos. Era una especie de construcción homogénea, en donde habían desde parques de diversiones para adultos, piscinas populares, grandes salones sociales, hasta una discoteca, y museos de música y arte plástico.
Esa tarde me dediqué a disfrutar de la isla con mis más allegados amigos, pasamos buen tiempo en la piscina de toboganes monumentales. Sólo habia una regla en la isla, y era, no existen las reglas. Por lo que no era extraño ver a la gente desnuda, en el agua, corriendo por los pasillos, teniendo relaciones en las esquinas de los lugares donde no habia mucha luz.
Me llamó la atención más que nada la actitud de mis amigas, lejos de ser la actitud típica de ellas, estaban casi poseídas por el libre albedrío que se vivia en ese lugar.
Cayo el sol, y la sensación de ansiedad fue incrementando. El momento de afrontar a mi madre y a su antiguo amante (quien habia resultado ser mi padre) estaba por llegar. Era curioso saber que, a pesar del nivel de gravedad de la noticia, estaba un tanto serena. Como la tranquilidad antes de una tormenta.
Allí estabamos, todos sentados en una mesa larga. Él sentado a mi lado, mi madre sentada a una persona de distancia mío. Al lado de él una hermosa chica de cabellos largos y rubios, y un poco más alla mis hermanas.
Cenamos sin mucho tema de conversación, hasta que mi madre se dignó a abrir la boca. Me contó, que el amor habia rondado ante ellos muy temprano, y que en un error cayeron al casarse tan jovenes. Que él era mi padre, y que por temas de trabajo tuvo que irse muy lejos, y no pudo volver.
La cara de John era de piedra, no tenía gesto alguno, ni indicios de mover sus músculos para hablar. Yo sentia tantas cosas juntas, que fue imposible empezar por algo. Se dijeron algunas cosas más, a las cuales no presté mucha atención. Sólo veía como él y la chica rubia se miraban tan fogozamente, se sacaban chispas. Entonces él se paró, le estiró la mano para que élla la tomase, y juntos caminaron hacia la cocina, carente de luz. Pasaron cuarenta y siete pulsaciones mías, hasta que de un solo movimiento me paré. Ya vengo, murmuré.
Seguí los pasos que habían hecho, y que alcanze a ver. Y luego al entrar, me quedé muy quieta para escuchar algun sonido que me guiase al lugar que habian arrivado después de allí. Un rechine de puerta los denunció. Sigilosamente me acerqué al lugar. No estaba muy ubicada, debido a que no conocía en su totalidad, la mansión en la que John vivía.
Me acerqué lo suficiente, como para escuchar con precisión los sonidos que sus gargantes producían. Me imaginaba. El fuego no hace otra cosa que quemar, y ellos habían empezado a arderse, justo en la cena que yo presenciaba.
Un sentimiento de repulsión cruzó todo mi cuerpo hasta instalarse en mi estómago, escoria en su máxima expresión se apoderó de mi, hasta el punto de sentir la bilis en mi esófago. La puerta estaba entreabierta, y de adentro de la habitación, salía luz, tenue. Podía ver las siluetas de sus cuerpos, moviendose tan despacio, que iban a un ritmo casi armonioso. Era como estar viendo una película. Con el detalle, de que al que estaba viendo en realidad era mi padre. Pero en un momento, ví algo que me hizo un nudo en la garganta.
Él metió un alambre, muy fino, con algo en la punta, algo como una tarjeta muy pequeña, en su oreja.. y ella, a su vez se quejó, pero todo duró un microsegundo.
Luego siguieron haciendo el amor. Y, después de unos minutos, la explosión de su cuerpo, hizo que ambos lo dieran por acabado. En ese mismo momento, empecé paso a paso a alejarme de ese lugar, y regresar al asiento que tenía designado en la mesa en donde cenábamos.
Puse una expresión de serenidad, y retome mi comida. Mi madre me miró, pero no encontró nada en mi rostro que la alarmara. A los pocos minutos, apareció la rubia, de no muchos años, y luego, el señor de las poesías.
Terminamos la comida como si nada hubiera pasado, y en menos de lo que canta un gallo, ya nos estabamos yendo a la habitación de huespedes que nos habian ofrecido.
El sueño se me hizo imposible. Pero de tanto pensar, caí rendida. A la mañana siguiente, me desperté muy tranquila, y tomé lo que habia pasado el día anterior, como una sucesión de situaciones que no me incumbían. Caminé por los corredores, casi perdida, hasta que escuche a dos personas discutir, mire por el rabillo de la puerta, la rubia hablaba casi a gritos, desesperada, diciendo que ella no quiso contar nada, y que por el contrario alguien le habia preguntado y no tenía más remedio que hablar. Él tenía su rostro pétreo, sin expresión, pero con los ojos seguramente la estaba juzgando. Se acercó a ella, la miro como si mirara un cuadro en una pared y de pronto metio la mano en su oido, y le quito un alambre, muy finito, como un cable de cobre, y perdió el equilibrio, y cayo en el piso desplomada. No se como habrá sido mi expresión, pero de alguna manera generé un quejido, que él escuchó. Dio vuelta su cara hacia mi dirección, y yo, sin tener más opción sali corriendo. Rogaba que después de tanto correr, no me haya visto, porque el salio de la habitación y caminó muy muy rapido, para encontrarme, y luego de dar muchisimas vueltas, sali al patio principal, tomé un refresco y me hice la desentendida.
Pasaron las horas, y yo, lejos de estar tranquila, estaba más desesperada que nunca. ¿Qué habia pasado en aquella habitación? ¿Estaba ella muerta? ¿Acaso estaba durmiendo en la casa de un asesino?.
Quise con todas mis fuerzas hablar con mi madre, con alguien, no importaba en realidad quien. Necesitaba contar, eso que habia presenciado, eso que no tenía explicación, que era una aberración, pero también un misterio para mí. Tenía miedo que se enterara si yo contaba algo. Le tenía miedo a él.
Pasé toda esa noche pensando, con los ojos abiertos, y con el miedo a la oscuridad circundante a mi cama, tenía terror a que su cara apareciese cerca de mi cara con esa expresión lúgubre en su rostro.
Me dormí, y esa noche soñe con la situación que habia presenciado el dia anterior, pero en vez de la chica rubia, era mi madre.
Me desperté con una sensación de incertidumbre, me costó dos o tres segundos, diferenciar el sueño de la realidad, y darme cuenta que el sueño , fue un sueño.
Me levanté, y me dirigí automáticamente a la habitación en la que mi madre dormía, estaba respondiendo a un miedo en parte absurdo, y en parte obvio, por lo sucedido con esa joven mujer, el día anterior.

[.........]

pasó un día y ya no me produce nada el recuerdo de ese sueño..
por lo tanto lo olvidé.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

mercy


Seguidores

Archivo del blog